Nota de La Nación sobre la boleta única
La boleta única está hoy en el centro del debate político. El Gobierno se niega a ponerla en práctica en las elecciones de octubre, en medio de los escándalos surgidos del recuento de votos de las primarias abiertas, y sus argumentos contrastan con la experiencia concreta de Santa Fe.
Allí, gracias al consenso alcanzado por la mayor parte de las fuerzas políticas, el sistema de boleta única se aplicó ya dos veces: en las primarias provinciales y en las elecciones a gobernador del 24 de julio.
El diputado provincial Pablo Javkin (Coalición Cívica), autor del proyecto, y el senador Ricardo Spinozzi (PJ), cercano a Carlos Reutemann, fueron los responsables de que este proyecto se haya convertido en ley.
Reunidos por La Nacion, ambos detallaron su experiencia, los prejuicios que debieron superar y las ventajas de un sistema que, a su criterio, "aumenta la calidad democrática y no perjudica a nadie".
"Presenté el proyecto hace dos años, al principio sin mucho éxito. De a poco fuimos explicando su funcionamiento y logramos que lo apoye todo el Frente Progresista y un diputado del PJ, con varias abstenciones y el voto contrario del FPV. En junio del año pasado pasó al Senado y se aprobó en noviembre", explicó Javkin, que condujo hace unos años la Federación Universitaria Argentina (FUA).
"Nuestra participación en la Red de Acción Política fue fundamental para entender que la iniciativa servía y significaba un salto de calidad importante. La dificultad estaba en la oportunidad", precisó Spinozzi,
Para avanzar con el proyecto debieron convencer al bloque peronista. "Fue fundamental tratarlo en un año no electoral. Intentamos analizarlo como un salto en la calidad institucional de la provincia y pensar más en el ciudadano que en la gobernabilidad", explicó el senador justicialista.
Con la puesta en marcha del sistema en la provincia, Javkin ya saca conclusiones favorables. "El sistema es más simple, tuvimos récord de participación en las primarias y el sistema de los cinco boxes simultáneos lo hizo ágil y sencillo: fue más rápida la elección del 24 de julio que la del 14 de agosto", señaló. Y destacó la transparencia del mecanismo. "Nadie tuvo problemas para encontrar una boleta", dijo, convencido de que el sistema "da mucha más libertad al elector, dado que cada categoría tiene una boleta separada".
Spinozzi admitió que hubo dudas sobre el efecto negativo que podría tener sobre la militancia. "Creo que es al revés: ahora el militante tendrá que hablar más con los vecinos, explicar en detalle cada propuesta, convencer al elector. Cuando éste tenga que poner una marca en la boleta lo hará por cada propuesta", anticipó.
Javkin confía en que la boleta única podría aplicarse en octubre, aunque debería haber una voluntad política muy marcada, que hoy no percibe.
El senador explicó que el 14 de agosto no se logró la selección de candidatos de un mismo partido, como plantea la ley. Pero advirtió que hay tres provincias con sistemas nuevos (Salta, con el voto electrónico, Córdoba y Santa Fe) y llegará el momento en que la Nación se va a contagiar y evaluará los beneficios..
Debate Boleta Unica
sábado, 29 de octubre de 2011
Boletas y discursos únicos
Nota de Pagina 12 en 2011 sobre la boleta única
Por Mario Wainfeld
El jingle, pegadizo, propone “cortá boleta/sumalo a Iglesias”. “Iglesias” es Roberto, candidato radical a la gobernación de Mendoza. La propuesta musical-política es dejar de lado, mochándolo textualmente, al correligionario Ricardo Alfonsín. Hace semanas se viene comentando en este diario que a Iglesias lo desespera la baja intención de voto del presidenciable, que conspira contra sus chances. Iglesias afronta un dilema complejo: la pelea provincial en conflicto con la orgánica partidaria, con la unidad. Lo resuelve de un plumazo o, si se quiere ser más estricto, de un tijeretazo. El radicalismo no se dobla ni se rompe, estrictamente: se fragmenta, lo que en el imaginario del cronista es la peor solución, privilegiar el objetivo local sobre (contra) el nacional.
Es un ejemplo ilustrativo de un fenómeno vasto. La crisis de los partidos políticos jalona otro bajón, no imputable ni a la perfidia kirchnerista, ni a algún informe avieso de 6,7,8. Sí a la pérdida de mística y proyecto común, a una cultura divisiva y faccionalista.
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Tras ser plebiscitado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el jefe de Gobierno, Mauricio Macri, había prometido que haría un road show de paliques con los aspirantes a la presidencia. Se interesaría por sus propuestas, señalaría a quién votar. El anuncio era, desde el vamos, un fuego fatuo. A Macri no le convenía arriesgar su capital simbólico a manos de otro referente del Grupo “A”: ¿Para qué poner fichas a manos de un perdedor? ¿Para qué favorecer a un rival en la interna opositora? Y la pregunta más cruel: ¿qué sería de Macri 2015 si algún dirigente “A” llegara a la Casa Rosada? Estos porvenires obvios fueron soslayados por la prensa dominante, que atribuyó gran entidad a la recorrida y su desenlace, ambos híper virtuales, míticos. Cualquier concejal de una localidad pequeña, con una pizca de olfato, podía intuir lo que pasaría y pasó: “Mauricio” volvió y calló, atendiendo a su propio juego. Muchos formadores de opinión entretuvieron y distrajeron a su público esperando la fumata blanca que jamás podía encenderse.
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Si los medios critican a una fuerza política, el oficialismo ¿tiene este derecho a replicarles? No se me atropelle para responder, lector, si no quiere ser escrachado en algún comunicado de Adepa. De acuerdo con el canon republicano que emite la prensa dominante, la respuesta correcta es que “no”. Es pecado de lesa institución discutir una cobertura excitada que adujo fraude en una elección ganada por un margen aplastante, sin que mediaran denuncias serias ni comprobadas.
Se distorsionaron declaraciones del juez de primera instancia Manuel Blanco, quien habló de “horrores”, pero dejó a salvo que no advertía mala intención ni ventajas para nadie. Se subestimaron las del presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti (que tiene una reputación intachable y que está muy por encima de Blanco en la escala jerárquica), explicando amablemente que los comicios fueron limpios, como es habitual en la Argentina.
En trazos gruesos, se propendió a agigantar errores que hay en cualquier elección y a considerarlos fraude. Una cosa es un error, producto de acumulación de tareas, inexperiencia o (aun) negligencia de la autoridad de mesa. Y muy otra, un proceder doloso, deliberado. El único que habilitaría una acción judicial.
Varios cronistas y unos pocos políticos (entre ellos el inefable diputado Eduardo Amadeo, que ha hecho cosas peores) injuriaron sin fundamentos a gentes de a pie, bramando por llevarlos a Tribunales. No se trata de un episodio banal ni del celo contra los poderosos: hablamos de amedrentar a posibles convocados para participar como autoridad en las elecciones. Entre dirigentes políticos, se pueden admitir más cornadas. Con la gente del común, cabe ser más cuidadoso. No disponen de medios para defenderse de editorialistas rojos por la furia ni de diputados que creen que cualquier fin justifica cualquier medio.
El Agora no es monopolio de nadie, ni siquiera de los oligopolios. Las polémicas van y vienen. El que titula con tempestades debe aprestarse a que se le responda con vientos. El espacio democrático es amplio, todos los pareceres valen, incluso el de los disidentes con el discurso hegemónico.
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El voto electrónico ha de andar solo por las calles, desamparado, mal entrazado y sin nadie que lo reconozca. Quién te ha visto y quién te ve. Hace un año o dos era sindicado como la piedra filosofal del sistema electoral, la panacea que sanaba todas las dolencias. Cuando se implementó en las elecciones provinciales de Salta, con alcance para una parte del padrón, los elogios llegaron al paroxismo. He ahí –hubiera escrito el gran Rubén Darío– el vellocino de oro. He ahí –podría hacer fraseado el maestro Borges– el Aleph.
El sistema era interesante, máxime porque contenía la previsión de dejar constancia escrita de cada sufragio, para posibles corroboraciones o impugnaciones. Pero la vida es así: el voto electrónico cayó en desgracia desplazado de escena por la santificada o acaso divinizada boleta única. Atribuir tantas dotes a una metodología es, por la parte baja, exagerado. Diputados y senadores opositores lo hicieron porque el sistema “tira” al corte de boleta, mientras que la lista usada actualmente “tira” para que se elija boleta completa. Creen que eso les conviene en octubre, he ahí todo su horizonte institucional.
Hasta una directiva del Cipecc, la politóloga Julia Pomares, advirtió en el diario La Nación que es atolondrado legislar la cuestión ahora e incorrecto ponerla en práctica en una contienda ya lanzada. Pomares argumentó, entre otras razones, que en una campaña presidencial mejor centrarse en la discusión de otros temas. Un criterio sensato que no hace tendencia en la oposición.
En una lánguida remake de coyunturas parlamentarias más propicias, diputados y senadores opositores llevaron a ambas Cámaras la propuesta de legislar, contra reloj y sin respirar, la consabida reforma. No tuvieron las relativamente exigentes mayorías necesarias. El oficialismo retaceó su concurso y también hubo un ala sensata dentro del colectivo “A”. La iniciativa pasará para después de octubre, entonces podrá armarse una discusión amplia, que congregue a especialistas y trabaje con elementos empíricos, extraídos de las experiencias de Santa Fe y Córdoba. Cualquier metodología es revisable y perfectible, toda legislación es corregible.
Un dato a computar, usualmente soslayado, es que en la Argentina en términos comparativos es altísima la proporción de ciudadanos que participan en las elecciones, lo que redobla la cantidad de tareas y las complejiza. Donde eligen uno de cada cuatro hay menos mesas, menos laburo, menos colas, escrutinios menos exigentes que donde participa el 70 por ciento de la población. La calidad democrática conlleva esas cargas, enhorabuena.
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El decano de la Facultad de Sociales de Estocolmo lee el informe de su discípulo mal arriado, el politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina. Una frase lo tiene a maltraer: “Un diario se queja porque no se cambian las autoridades de mesa a pesar de las denuncias de la oposición que no fueron probadas. Critica al Ejecutivo, aunque esa decisión la toma el Poder Judicial”. “Hay dos absurdos en esa frase, profesor, infórmeme con más rigor”, le espeta por correo electrónico.
“La falla no es mía, decano, le cuento todo tal cual es.” Y le sonsaca una partida especial para compra de merchandising electoral. Explica que la licenciada Pelirroja progre está haciendo un estudio de campo. La pelirroja, que antaño cavilaba sobre su identidad y pertenencia, ahora es cristinista rabiosa.
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En pocos meses, transcurrieron doce elecciones provinciales y las primarias nacionales. Fueron instructivas y aleccionadoras. Seguramente no debe haber una persona politizada y atenta que haya disfrutado o gozado por todos los pronunciamientos populares. Todos ganaron o perdieron, en proporciones y fechas distintas. La comparación entre las conductas de vencedores y derrotados en cada circunstancia sería una buena bolilla de alguna asignatura sobre educación democrática. La rabia de quienes se sorprendieron por el veredicto de las primarias ofusca y los induce a reacciones descorteses, altaneras, a comparaciones o asimilaciones literalmente asombrosas.
Volvamos, para cerrar, al inicio de esta columna. La movida de Iglesias, allende su valoración, incluye una apelación que podría colar. Los ciudadanos han demostrado versatilidad para expresarse, capacidad para diferenciar instancias, voluntad de participar, disciplina como fiscales o autoridades de mesa. No es para empalagarse, pero sí para resaltar en medio de tanta desmesura, conclusiones agretas y denuncias tiradas al voleo.
Por Mario Wainfeld
El jingle, pegadizo, propone “cortá boleta/sumalo a Iglesias”. “Iglesias” es Roberto, candidato radical a la gobernación de Mendoza. La propuesta musical-política es dejar de lado, mochándolo textualmente, al correligionario Ricardo Alfonsín. Hace semanas se viene comentando en este diario que a Iglesias lo desespera la baja intención de voto del presidenciable, que conspira contra sus chances. Iglesias afronta un dilema complejo: la pelea provincial en conflicto con la orgánica partidaria, con la unidad. Lo resuelve de un plumazo o, si se quiere ser más estricto, de un tijeretazo. El radicalismo no se dobla ni se rompe, estrictamente: se fragmenta, lo que en el imaginario del cronista es la peor solución, privilegiar el objetivo local sobre (contra) el nacional.
Es un ejemplo ilustrativo de un fenómeno vasto. La crisis de los partidos políticos jalona otro bajón, no imputable ni a la perfidia kirchnerista, ni a algún informe avieso de 6,7,8. Sí a la pérdida de mística y proyecto común, a una cultura divisiva y faccionalista.
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Tras ser plebiscitado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el jefe de Gobierno, Mauricio Macri, había prometido que haría un road show de paliques con los aspirantes a la presidencia. Se interesaría por sus propuestas, señalaría a quién votar. El anuncio era, desde el vamos, un fuego fatuo. A Macri no le convenía arriesgar su capital simbólico a manos de otro referente del Grupo “A”: ¿Para qué poner fichas a manos de un perdedor? ¿Para qué favorecer a un rival en la interna opositora? Y la pregunta más cruel: ¿qué sería de Macri 2015 si algún dirigente “A” llegara a la Casa Rosada? Estos porvenires obvios fueron soslayados por la prensa dominante, que atribuyó gran entidad a la recorrida y su desenlace, ambos híper virtuales, míticos. Cualquier concejal de una localidad pequeña, con una pizca de olfato, podía intuir lo que pasaría y pasó: “Mauricio” volvió y calló, atendiendo a su propio juego. Muchos formadores de opinión entretuvieron y distrajeron a su público esperando la fumata blanca que jamás podía encenderse.
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Si los medios critican a una fuerza política, el oficialismo ¿tiene este derecho a replicarles? No se me atropelle para responder, lector, si no quiere ser escrachado en algún comunicado de Adepa. De acuerdo con el canon republicano que emite la prensa dominante, la respuesta correcta es que “no”. Es pecado de lesa institución discutir una cobertura excitada que adujo fraude en una elección ganada por un margen aplastante, sin que mediaran denuncias serias ni comprobadas.
Se distorsionaron declaraciones del juez de primera instancia Manuel Blanco, quien habló de “horrores”, pero dejó a salvo que no advertía mala intención ni ventajas para nadie. Se subestimaron las del presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti (que tiene una reputación intachable y que está muy por encima de Blanco en la escala jerárquica), explicando amablemente que los comicios fueron limpios, como es habitual en la Argentina.
En trazos gruesos, se propendió a agigantar errores que hay en cualquier elección y a considerarlos fraude. Una cosa es un error, producto de acumulación de tareas, inexperiencia o (aun) negligencia de la autoridad de mesa. Y muy otra, un proceder doloso, deliberado. El único que habilitaría una acción judicial.
Varios cronistas y unos pocos políticos (entre ellos el inefable diputado Eduardo Amadeo, que ha hecho cosas peores) injuriaron sin fundamentos a gentes de a pie, bramando por llevarlos a Tribunales. No se trata de un episodio banal ni del celo contra los poderosos: hablamos de amedrentar a posibles convocados para participar como autoridad en las elecciones. Entre dirigentes políticos, se pueden admitir más cornadas. Con la gente del común, cabe ser más cuidadoso. No disponen de medios para defenderse de editorialistas rojos por la furia ni de diputados que creen que cualquier fin justifica cualquier medio.
El Agora no es monopolio de nadie, ni siquiera de los oligopolios. Las polémicas van y vienen. El que titula con tempestades debe aprestarse a que se le responda con vientos. El espacio democrático es amplio, todos los pareceres valen, incluso el de los disidentes con el discurso hegemónico.
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El voto electrónico ha de andar solo por las calles, desamparado, mal entrazado y sin nadie que lo reconozca. Quién te ha visto y quién te ve. Hace un año o dos era sindicado como la piedra filosofal del sistema electoral, la panacea que sanaba todas las dolencias. Cuando se implementó en las elecciones provinciales de Salta, con alcance para una parte del padrón, los elogios llegaron al paroxismo. He ahí –hubiera escrito el gran Rubén Darío– el vellocino de oro. He ahí –podría hacer fraseado el maestro Borges– el Aleph.
El sistema era interesante, máxime porque contenía la previsión de dejar constancia escrita de cada sufragio, para posibles corroboraciones o impugnaciones. Pero la vida es así: el voto electrónico cayó en desgracia desplazado de escena por la santificada o acaso divinizada boleta única. Atribuir tantas dotes a una metodología es, por la parte baja, exagerado. Diputados y senadores opositores lo hicieron porque el sistema “tira” al corte de boleta, mientras que la lista usada actualmente “tira” para que se elija boleta completa. Creen que eso les conviene en octubre, he ahí todo su horizonte institucional.
Hasta una directiva del Cipecc, la politóloga Julia Pomares, advirtió en el diario La Nación que es atolondrado legislar la cuestión ahora e incorrecto ponerla en práctica en una contienda ya lanzada. Pomares argumentó, entre otras razones, que en una campaña presidencial mejor centrarse en la discusión de otros temas. Un criterio sensato que no hace tendencia en la oposición.
En una lánguida remake de coyunturas parlamentarias más propicias, diputados y senadores opositores llevaron a ambas Cámaras la propuesta de legislar, contra reloj y sin respirar, la consabida reforma. No tuvieron las relativamente exigentes mayorías necesarias. El oficialismo retaceó su concurso y también hubo un ala sensata dentro del colectivo “A”. La iniciativa pasará para después de octubre, entonces podrá armarse una discusión amplia, que congregue a especialistas y trabaje con elementos empíricos, extraídos de las experiencias de Santa Fe y Córdoba. Cualquier metodología es revisable y perfectible, toda legislación es corregible.
Un dato a computar, usualmente soslayado, es que en la Argentina en términos comparativos es altísima la proporción de ciudadanos que participan en las elecciones, lo que redobla la cantidad de tareas y las complejiza. Donde eligen uno de cada cuatro hay menos mesas, menos laburo, menos colas, escrutinios menos exigentes que donde participa el 70 por ciento de la población. La calidad democrática conlleva esas cargas, enhorabuena.
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El decano de la Facultad de Sociales de Estocolmo lee el informe de su discípulo mal arriado, el politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina. Una frase lo tiene a maltraer: “Un diario se queja porque no se cambian las autoridades de mesa a pesar de las denuncias de la oposición que no fueron probadas. Critica al Ejecutivo, aunque esa decisión la toma el Poder Judicial”. “Hay dos absurdos en esa frase, profesor, infórmeme con más rigor”, le espeta por correo electrónico.
“La falla no es mía, decano, le cuento todo tal cual es.” Y le sonsaca una partida especial para compra de merchandising electoral. Explica que la licenciada Pelirroja progre está haciendo un estudio de campo. La pelirroja, que antaño cavilaba sobre su identidad y pertenencia, ahora es cristinista rabiosa.
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En pocos meses, transcurrieron doce elecciones provinciales y las primarias nacionales. Fueron instructivas y aleccionadoras. Seguramente no debe haber una persona politizada y atenta que haya disfrutado o gozado por todos los pronunciamientos populares. Todos ganaron o perdieron, en proporciones y fechas distintas. La comparación entre las conductas de vencedores y derrotados en cada circunstancia sería una buena bolilla de alguna asignatura sobre educación democrática. La rabia de quienes se sorprendieron por el veredicto de las primarias ofusca y los induce a reacciones descorteses, altaneras, a comparaciones o asimilaciones literalmente asombrosas.
Volvamos, para cerrar, al inicio de esta columna. La movida de Iglesias, allende su valoración, incluye una apelación que podría colar. Los ciudadanos han demostrado versatilidad para expresarse, capacidad para diferenciar instancias, voluntad de participar, disciplina como fiscales o autoridades de mesa. No es para empalagarse, pero sí para resaltar en medio de tanta desmesura, conclusiones agretas y denuncias tiradas al voleo.
El misterio de las boletas voladoras
Nota de Pagina 12 en 2007 sobre la boleta única
Por Raúl Kollmann
Argentina es el único país en Latinoamérica con este sistema. La mayoría tiene una boleta de presidenciables donde están todos los candidatos y el elector marca con una cruz. Lo mismo con los demás cargos. La crisis de los partidos provocó la crisis del actual sistema.
La Justicia Electoral, a través de varios carriles, le pidió al Gobierno que elaborara un proyecto de ley para modificar el actual sistema de boletas electorales que el domingo se transformó en fuente de problemas. En el Ejecutivo lo evaluarán y es muy posible que la idea prospere. La Argentina es uno de los pocos países de América latina donde cada partido tiene su boleta y donde, además, es responsabilidad de las fuerzas políticas que las boletas estén en las mesas. El sistema que se propondría es el de una sola boleta, en el que figurarían, por ejemplo, todos los candidatos a presidente. El votante tiene que marcar con una cruz al candidato que elige. También habría una boleta para las otras categorías –diputados, senadores, gobernadores–, pero siempre incluyendo a todos los candidatos y el sistema de marcado. Por otra parte, la responsabilidad de que esté la boleta única ya no sería de los partidos sino del Estado. Incluso si se continúa con el sistema de una boleta por partido, también la responsabilidad de que estén en los cuartos oscuros sería del Estado. El domingo la votación se complicó aún más porque se utilizó un padrón de casi 400 votantes por cada mesa, lo que llevó a demoras insoportables. La Justicia lo decidió por reclamo de la mayoría de los partidos chicos y, en especial, de la Coalición Cívica, la fuerza política de Elisa Carrió, que no contaba con los fiscales suficientes y que incluso pedía un padrón de 600 votantes por mesa. Por último, en la Justicia Electoral admiten que los presidentes de mesa deben ser convocados con mucha mayor antelación y que no se pueden estar buscando autoridades de mesa 48 horas antes del comicio.
Desde el punto de vista organizativo, las elecciones del domingo fueron una enorme fuente de problemas que terminaron en denuncias. En especial, la polémica se planteó por el faltante de boletas de los partidos, que afectó fundamentalmente a las fuerzas más chicas. Desde el punto de vista legal, el operativo oficial tiene la obligación de que dentro de las urnas haya boletas de todas las fuerzas, pero hubo dos fuentes de conflicto.
- Por un lado, algunos partidos no entregaron las boletas a las juntas electorales cuando venció el plazo.
- Por otro lado, ocurrió que partidarios o militantes de otros partidos se robaron las boletas de los adversarios.
La ley del Código Nacional Electoral establece que es obligación de los partidos, a través de sus fiscales, asegurar la presencia de boletas en los cuartos oscuros. Los partidos de oposición sostienen que ellos proveían las boletas, pero que éstas eran robadas de inmediato. Varios testimonios de presidentes de mesa señalan que efectivamente los votantes les decían que en el cuarto oscuro faltaba la boleta de tal candidato, por ejemplo, de Carrió, pero que a veces esos presidentes de mesa no lograban encontrar a ningún fiscal de la Coalición que las reemplazara. Distinto fue lo ocurrido con numerosos casos en Capital Federal, en los que se robaron todas las boletas de Cristina Kirchner, algunas de las cuales taponaron los inodoros, pero como el Frente para la Victoria tenía fiscales, se reponían. En Capital, los demás partidos también tuvieron fiscales y el robo de boletas no se convirtió en un problema generalizado. En cualquier caso, en la Justicia y también fuentes del Ministerio del Interior admitieron que el sistema arrastra un agujero negro. Es más, la Cámara Nacional Electoral ya advirtió sobre la cuestión hace varios años: en casi ningún país de América latina la responsabilidad de proveer las boletas es de los partidos. “Estaba claro –dicen en la Cámara– que esto iba a pasar alguna vez.” Según los especialistas, las confrontaciones electorales habituales de la Argentina tenían al peronismo de un lado y al radicalismo del otro. Ambas fuerzas contaban con estructuras extendidas y eso era una especie de garantía de que las boletas no faltaran. Lo más común en el pasado era que cada ciudadano hasta recibía la boleta de los partidos en su casa y muchísimos ya iban a votar con la papeleta en su bolsillo. Con la baja en la militancia partidaria todo fue cambiando y la aparición de fuerzas preponderantemente mediáticas hace difícil conseguir fiscales suficientes para cubrir las necesidades de control.
En la Justicia Electoral afirman que se necesita una ley que cambie el Código Nacional Electoral en ese punto. En la mayoría de los países de América latina y también en Italia el método es de una sola boleta. Funciona de la siguiente manera:
- El votante llega a la mesa de votación y no sólo se le entrega un sobre, sino que también se le da una boleta única.
- En el cuarto oscuro marca el casillero del candidato que vota.
- Si hay varias categorías, gobernadores, diputados, senadores, intendentes, concejales, se entrega una boleta por categoría, o, si el espacio lo permite, una boleta única que englobe, por ejemplo, a intendente y concejales.
- El ciudadano marca entonces a sus candidatos preferidos y pone la boleta única en el sobre.
- El resto del proceso es el mismo. El voto va a la urna y al final del día el conteo se hace de forma similar.
En realidad, también se puede dar un paso distinto manteniendo el sistema de la multiplicidad de boletas, o sea una por partido, pero adjudicándole en forma específica al Estado la responsabilidad de que la boleta esté en los cuartos oscuros. O sea que si se roban las boletas de tal partido, no sea un fiscal de esa fuerza el que tenga que hacer la reposición, sino las mismas autoridades de mesa.
Desde hace años se vienen proponiendo cambios todavía más profundos en el sistema electoral, incluyendo el voto electrónico, que ya existe en Brasil y Venezuela. Semejantes transformaciones no prosperaron hasta ahora por el ambiente de desconfianza que existe entre los partidos. Algunos argumentan que el sistema electrónico es manipulable, otros dicen que no, están los que sostienen que a los partidos tradicionales les conviene el sistema actual, que es más favorable a los aparatos, y no faltan quienes dicen que el voto electrónico hace más fáciles los cortes de boleta, algo que tampoco les gusta a los partidos con más historia. Lo cierto es que después de los inconvenientes del último domingo, la Justicia Electoral –que admite haber incurrido en fallas– le empezó a insistir al Ejecutivo en la necesidad de producir cambios cuanto antes. Para eso se requiere una ley que, seguramente, conllevará un largo debate hasta llegar a algún consenso: la Constitución prevé que para normas de ese tipo se necesita el voto de los dos tercios de los diputados y dos tercios de los senadores.
Por Raúl Kollmann
Argentina es el único país en Latinoamérica con este sistema. La mayoría tiene una boleta de presidenciables donde están todos los candidatos y el elector marca con una cruz. Lo mismo con los demás cargos. La crisis de los partidos provocó la crisis del actual sistema.
La Justicia Electoral, a través de varios carriles, le pidió al Gobierno que elaborara un proyecto de ley para modificar el actual sistema de boletas electorales que el domingo se transformó en fuente de problemas. En el Ejecutivo lo evaluarán y es muy posible que la idea prospere. La Argentina es uno de los pocos países de América latina donde cada partido tiene su boleta y donde, además, es responsabilidad de las fuerzas políticas que las boletas estén en las mesas. El sistema que se propondría es el de una sola boleta, en el que figurarían, por ejemplo, todos los candidatos a presidente. El votante tiene que marcar con una cruz al candidato que elige. También habría una boleta para las otras categorías –diputados, senadores, gobernadores–, pero siempre incluyendo a todos los candidatos y el sistema de marcado. Por otra parte, la responsabilidad de que esté la boleta única ya no sería de los partidos sino del Estado. Incluso si se continúa con el sistema de una boleta por partido, también la responsabilidad de que estén en los cuartos oscuros sería del Estado. El domingo la votación se complicó aún más porque se utilizó un padrón de casi 400 votantes por cada mesa, lo que llevó a demoras insoportables. La Justicia lo decidió por reclamo de la mayoría de los partidos chicos y, en especial, de la Coalición Cívica, la fuerza política de Elisa Carrió, que no contaba con los fiscales suficientes y que incluso pedía un padrón de 600 votantes por mesa. Por último, en la Justicia Electoral admiten que los presidentes de mesa deben ser convocados con mucha mayor antelación y que no se pueden estar buscando autoridades de mesa 48 horas antes del comicio.
Desde el punto de vista organizativo, las elecciones del domingo fueron una enorme fuente de problemas que terminaron en denuncias. En especial, la polémica se planteó por el faltante de boletas de los partidos, que afectó fundamentalmente a las fuerzas más chicas. Desde el punto de vista legal, el operativo oficial tiene la obligación de que dentro de las urnas haya boletas de todas las fuerzas, pero hubo dos fuentes de conflicto.
- Por un lado, algunos partidos no entregaron las boletas a las juntas electorales cuando venció el plazo.
- Por otro lado, ocurrió que partidarios o militantes de otros partidos se robaron las boletas de los adversarios.
La ley del Código Nacional Electoral establece que es obligación de los partidos, a través de sus fiscales, asegurar la presencia de boletas en los cuartos oscuros. Los partidos de oposición sostienen que ellos proveían las boletas, pero que éstas eran robadas de inmediato. Varios testimonios de presidentes de mesa señalan que efectivamente los votantes les decían que en el cuarto oscuro faltaba la boleta de tal candidato, por ejemplo, de Carrió, pero que a veces esos presidentes de mesa no lograban encontrar a ningún fiscal de la Coalición que las reemplazara. Distinto fue lo ocurrido con numerosos casos en Capital Federal, en los que se robaron todas las boletas de Cristina Kirchner, algunas de las cuales taponaron los inodoros, pero como el Frente para la Victoria tenía fiscales, se reponían. En Capital, los demás partidos también tuvieron fiscales y el robo de boletas no se convirtió en un problema generalizado. En cualquier caso, en la Justicia y también fuentes del Ministerio del Interior admitieron que el sistema arrastra un agujero negro. Es más, la Cámara Nacional Electoral ya advirtió sobre la cuestión hace varios años: en casi ningún país de América latina la responsabilidad de proveer las boletas es de los partidos. “Estaba claro –dicen en la Cámara– que esto iba a pasar alguna vez.” Según los especialistas, las confrontaciones electorales habituales de la Argentina tenían al peronismo de un lado y al radicalismo del otro. Ambas fuerzas contaban con estructuras extendidas y eso era una especie de garantía de que las boletas no faltaran. Lo más común en el pasado era que cada ciudadano hasta recibía la boleta de los partidos en su casa y muchísimos ya iban a votar con la papeleta en su bolsillo. Con la baja en la militancia partidaria todo fue cambiando y la aparición de fuerzas preponderantemente mediáticas hace difícil conseguir fiscales suficientes para cubrir las necesidades de control.
En la Justicia Electoral afirman que se necesita una ley que cambie el Código Nacional Electoral en ese punto. En la mayoría de los países de América latina y también en Italia el método es de una sola boleta. Funciona de la siguiente manera:
- El votante llega a la mesa de votación y no sólo se le entrega un sobre, sino que también se le da una boleta única.
- En el cuarto oscuro marca el casillero del candidato que vota.
- Si hay varias categorías, gobernadores, diputados, senadores, intendentes, concejales, se entrega una boleta por categoría, o, si el espacio lo permite, una boleta única que englobe, por ejemplo, a intendente y concejales.
- El ciudadano marca entonces a sus candidatos preferidos y pone la boleta única en el sobre.
- El resto del proceso es el mismo. El voto va a la urna y al final del día el conteo se hace de forma similar.
En realidad, también se puede dar un paso distinto manteniendo el sistema de la multiplicidad de boletas, o sea una por partido, pero adjudicándole en forma específica al Estado la responsabilidad de que la boleta esté en los cuartos oscuros. O sea que si se roban las boletas de tal partido, no sea un fiscal de esa fuerza el que tenga que hacer la reposición, sino las mismas autoridades de mesa.
Desde hace años se vienen proponiendo cambios todavía más profundos en el sistema electoral, incluyendo el voto electrónico, que ya existe en Brasil y Venezuela. Semejantes transformaciones no prosperaron hasta ahora por el ambiente de desconfianza que existe entre los partidos. Algunos argumentan que el sistema electrónico es manipulable, otros dicen que no, están los que sostienen que a los partidos tradicionales les conviene el sistema actual, que es más favorable a los aparatos, y no faltan quienes dicen que el voto electrónico hace más fáciles los cortes de boleta, algo que tampoco les gusta a los partidos con más historia. Lo cierto es que después de los inconvenientes del último domingo, la Justicia Electoral –que admite haber incurrido en fallas– le empezó a insistir al Ejecutivo en la necesidad de producir cambios cuanto antes. Para eso se requiere una ley que, seguramente, conllevará un largo debate hasta llegar a algún consenso: la Constitución prevé que para normas de ese tipo se necesita el voto de los dos tercios de los diputados y dos tercios de los senadores.
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